No soy un hombre de pesadillas por las noches. Duermo tranquilo cada vez que hago mi plegaria a Dios. Sin embargo, hubo ciertos bateadores que se convirtieron en mi pesadilla personificada en el cajón de bateo. Hablo de George Brett, Rod Carew, Carl Yastrzemski, Jim Rice y Tony Gwynn. Los estudiaba siempre, les cambiaba la secuencia de mis lanzamientos, conocía sus debilidades, jamás me mostraba intimidado o con temor, los miraba fijamente, los retaba, usaba estrategias y al final del día terminaba siendo sacudido por ellos en más ocasiones de los que los dominé. Eso me enseñó que a veces no es suficiente conocer al oponente para ganar la partida, aprendí a ganar cediendo, ¿pero cómo es eso?
Brett de Kansas City era un matapícheres. No importaba en qué parte del plato le lanzaras, si era adentro te la sacaba por al jardín derecho, si le pichabas afuera se acomodaba rápido y soltaba su latigazo por la izquierda y, si la píldora quedaba en el centro con la inocencia de un infante, te hacía retorcer el cuello. Así ocurría con Carew y Gwynn, bateadores complicados, eran parte de una línea de jugadores de otro planeta y sus números los respaldaban. Luego estaban Yastrzemski y Rice, el poder que tenían te hacían pagar caro cualquier pestañeo. Rápidamente entendí que podías darle de comer al monstruo sin que te hiciera daño. Sabiendo que era inútil asegurar un out con ellos, traté de apretar las tuercas antes que llegaran al plato. Estaba mentalizado que cada vez que ellos tomaran turnos lo harían sin corredores en base, así que me exigía al máximo para dominar a los bateadores previos y minimizar el daño: era como dejar explotar una bomba en el desierto. En otras palabras, aprendí a leer el juego.
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Si un lanzador toma la pelota, se sube al montículo entre más de 40 mil personas y no tiene una buena lectura de lo que tiene enfrente, está perdido. No obstante, siento que eso no solo se aplica para el beisbol, también nos pasa cuando no sabemos interpretar las señales de la gente, del destino, de Dios, de un país, cuando no sabemos olfatear al oponente y nos confundimos entre la maleza de nosotros mismos. He visto cómo se pierde la brújula en la carretera hacia la unidad, cómo las peleas internas y egos se anteponen al bien común, también tengo la sensación que las cuotas por buscar el poder siempre están presentes. Todo eso genera inseguridad ante los nicaragüenses, causa división y dudas. ¿Se imaginan si hubiese enfrentado a Brett o Carew con dudas? Ni siquiera cuando los tenían con conteo de dos strikes sin bolas era seguro dominarlos.
El hecho de saber que el enemigo está acorralado, que no tiene salida, que se ahoga en sus decisiones y que no suma, solo resta, que significa la decadencia de un país contra el optimismo de una nueva Nicaragua, no quiere decir que esté totalmente out. Hay que hacer los lanzamientos decisivos, tomar las decisiones finales. No le demos más vidas por culpa de nuestros errores. Recuerden que el juego no se acaba hasta que se acaba y conocer al oponente no es suficiente. No me gustaría volver a tener pesadillas, y más si son de una Nicaragua incapaz de liberarse y romper las cadenas por culpa de sus políticos.