Stanley Javier no es el hijo del exjugador de Grandes Ligas dominicano que jugó 17 años en el mejor beisbol del mundo y acumuló casi 13 millones de dólares, a pesar de tener el mismo nombre. Su tránsito por la vida ha sido empinado. Sus padres son docentes y le exigieron terminar sus estudios. Nunca fue firmado por alguna organización de Las Mayores y tampoco ha jugado Liga Profesional en su vida. Sin embargo, a sus 23 años, alberga una motivación para evolucionar que da la sensación de poder nadar contra la corriente. Con un físico compacto y la cabeza en su lugar, tiene como máxima una frase de su mamá: “Si no es en un lugar es en otro”.
Eso se lo repetía su mamá cuando le realizaban las pruebas en las organizaciones de Grandes Ligas, “salía muy bien valorado”, pero nunca lo llamaban. “Mi mamá siempre me apoyó y ha sido mi soporte. Creo que no firmé porque faltó esa persona que confiara en mí. Siempre me mantenía leyendo mi Biblia y rogándole a Dios porque se abrieran las puertas y sucedió acá en Nicaragua. He sido un guerrero, la gente me decía que dejara eso. Para dejar el beisbol tengo que morir, no puedo vivir sin beisbol. Juego desde los ocho años y mi desarrollo fue grande. A los ocho jugaba con peloteros de 13. Una vez con nueve años en un torneo para niños de 13 y 14 años, me dieron un pelotazo en la boca, mi mamá reclamó al mánager, pero él decía que mi capacidad no era para estar con peloteros de mi edad”, relató Javier, quien se vislumbra como la tercera base titular de los Indios del Bóer.
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El golpe sobre la mesa del muchacho dominicano lo dio jugando en el Premundial Sub-23 con República Dominicana. “El último recuerdo en el país fue cuando me hicieron el último out en el partido entre Nicaragua y República Dominicana. Mi actuación en ese torneo me trajo aquí. Mi promedio fue de .383 con dos jonrones y 11 impulsadas, siendo el segundo mejor de mi país”, recordó.
En el diccionario de su mente no existe la palabra “rendirse”. “Lloré cuando hice el equipo Sub-23. Y ahora sé que no puedo desperdiciar esta bendición. He entrenado duro desde agosto en mi casa para estar en óptimas condiciones. Si el coach me manda a realizar 150 swings yo hago 200. No puedo quedarme rezagado”, relata. Lo primero que le dijeron al pisar suelo nica fue: “¿Por qué no habías firmado?”. “Es muy frecuente esa pregunta viendo mis habilidades. Pudo pesar el hecho que mientras otros se dedicaban a entrenar y jugar beisbol todos los días yo estudiaba por las mañana cuando se hacían los try outs y era hasta por la tarde cuando salía de clases que me iba al campo a pulirme. Después de haber terminado la escuela quedé libre y decidí enfocarme en esta pasión”, cuenta.
Javier no solo en la fe encuentra la inspiración para seguir adelante, sino también en su jugador favorito: Albert Pujos. “Siempre he usado su número, es mi ídolo”, confiesa. Entre las ironías de la vida, mientras a una mayoría de las personas el presente se convirtió en un cataclismo por el Covid-19, Javier está viendo una luz al final del túnel. Asegura que viene de ser MVP en una de las Ligas de Verano del país caribeño y se describe como un jugado chispa, entregado y sin excusas. “Y cuando el pícher me descuida y me deja la pelota en mi zona de poder, se la saco”, sentencia el joven que podría ser una de las revelaciones de la Liga Profesional.